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Tokio y Kyoto, el futuro y el pasado de Japón

Estas ciudades tienen perfiles diametralmente opuestos: una representa a lo que vendrá; la otra, aquel Oriente milenario. Recorrelas con LOOK.

Tokio se siente como una versión exagerada de urbanidad occidental. Crédito: Philipp Laage / dpa-tmn / dpa-tmn

Cuando cae la noche en Tokio, comienza el juego de los colores neón. En Shinjuku, el distrito más representativo de la ciudad, haces de luz multicolores suben y bajan a toda velocidad por las fachadas. Las calles están llenas. En las tiendas de electrónica, todos los televisores están encendidos. Los olores de un puesto de comida de Yakitori penetran en los callejones de la megametrópoli. En uno de ellos está sentada una joven mujer con un cigarro en la mano asumiendo tal pose que inmediatamente uno se la imagina sentada en un café en un bulevar de París. Por todas partes hay destellos, glamur y cristal. Tokio se siente como una versión exagerada de urbanidad occidental.

Como turista uno intenta ordenar las impresiones. Los hombres jóvenes en este distrito carísimo llevan botas y peinados salvajes llenos de gel. Señoras de clase alta de mirada seria andan como patos con sus caros bolsos de mano por la vereda. El barrio de ocio Kabukicho es una zona discreta. Ahí hay clubes nocturnos, bares de karaoke y hoteles de amor con casillas cuyos cristales opacos no dejan entrar ninguna mirada. Un lugar que no puede ser más anónimo para hacer el amor en una zona metropolitana de 35 millones de habitantes.

La sensación de haber hecho un viaje de diez años hacia el futuro surge nada más llegar a Tokio, especialmente en la estación Shinjuku. Unos 3,5 millones de pasajeros suben y bajan aquí cada día: es la estación de ferrocarril más grande del mundo. El laberinto de pasillos, andenes y escaleras mecánicas parece infinito. Sin embargo, no hay caos, nadie empuja. Delante de los trenes, los japoneses forman cola. Tokio transmite una sensación de superioridad civilizada.

Una ciudad muy diferente de la capital es Kyoto. Quien llega en un tren de alta velocidad Shinkansen ve primero la estación con su atrio de 500 metros de largo y techo de cristal. Sin embargo, en cuanto uno sale a la calle y camina por los callejones, se impone por todas partes el recuerdo de un Japón premoderno. En Kyoto está prohibido construir edificios altos. En su lugar hay tantos templos, palacios, santuarios y jardines zen que se necesitarían varios días para visitarlos todos. Es como estar caminando por una época diferente, una época pasada.

La antigua ciudad imperial fue construida en el siglo VIII y tiene un diseño ajedrezado, por lo que no es fácil perderse. Kyoto fue durante muchos siglos el centro político y religioso de Japón. Sin embargo, con el ascenso de los samurái, las casta de guerreros japonesa, y el comienzo de la era Tokugawa, a principios del siglo XVII, el Tenno (emperador) pasó a cumplir una función meramente simbólica y Kyoto fue perdiendo influencia. Edo, la actual Tokio, se erigió en nuevo centro de poder político-militar.

“Kyoto es un lugar nostálgico, donde muchas cosas se salvaron de la radical modernización”, dice Wolfgang Schwentker, profesor de historia cultural y política comparativa de la Universidad de Osaka. El paisaje urbano está marcado por inmuebles de lujo, que en Tokio están más bien escondidos. En su conjunto, Kyoto tienen un aspecto muy tradicional, de estética cultivada. “Por buena razón, los estadounidenses se abstuvieron de bombardear la ciudad”, explica el historiador alemán.

En el antiguo barrio de Gion hay una hilera de restaurantes elegantes y, al mismo tiempo, decentes. Siempre hay un toldo sobre la puerta: ha llovido y el agua cae en todas partes de los tejados sobresalientes. En balaustradas y balcones crecen árboles de adorno. Una geisha, la tradicional artista animadora japonesa, camina con gracia sobre el humeante asfalto mojado.

En el templo Kinkakuji, en el norte de la ciudad, todavía se ven nubes de tormenta pegadas a las pendientes de las montañas. Aquí se encuentra el Pabellón de Oro, detrás de un gran estanque en el que se refleja la construcción totalmente recubierta de oro. En 1950, un estudiante budista incendió el templo, al parecer porque no podía soportar su belleza. Así lo describe el escritor Yukio Mishima en su libro “El Pabellón de Oro”. Después de la destrucción, el templo fue reconstruido y recubierto totalmente de oro. En un día como este, cuando han llegado pocos visitantes a causa de la lluvia, Kinkakuji es un lugar de contemplación silenciosa. Uno se siente profundamente relajado pero al mismo tiempo inexplicablemente conmovido.

Los tokiotas, en cambio, tienen poco tiempo para dedicarse a buscar el sentido de la vida: su ciudad está entrenada para el progreso, es un escaparate de las modas y las tendencias que llegan con una temporada de retraso a Occidente. Quien quiere hacerse una imagen de esta realidad debería visitar Shibuya o, mejor todavía, Harajuka, el barrio hípster de Tokio. En la calle Takeshita, un negocio sucede a otro. Puede ocurrir que, en un descuido, uno entre en una sesión de fotos para una revista de moda.

“Tokio absorbe mucha energía”, dice Schwentker. Si fuese un Estado, esta metrópoli tendría un producto interior bruto mayor que el de Tailandia o Austria. No hay un solo centro sino un montón de subcentros. El plano del metro se parece a un dibujo hecho espontáneamente por un niño pequeño con lápices de color. En Tokio no es insólito que un empleado viaje dos o tres horas en transporte público para llegar a su trabajo. Por esta razón, quien se lo puede permitir vive cerca de una gran estación de tren. Y también a los turistas les conviene alojarse en un hotel cercano a un nudo de comunicaciones para no perder la conexión en esta megaciudad que vive a un ritmo desenfrenado.

Algo más sobre Japón

Muchas compañías aéreas vuelan directamente a Tokio. Un euro equivale a unos 137 yenes, un dólar a unos 106 yenes. En Tokio y Kyoto se puede pagar y sacar dinero en casi todas partes con tarjetas de crédito internacionales.

El tren de alta velocidad Shinkansen llega en menos de tres horas de Tokio a Kyoto. Se recomienda comprar un Japan Rail Pass, con el que se pueden usar casi todos los trenes. Un boleto de segunda clase para siete días cuesta unos 200 euros (260 dólares). Para conseguir el boleto fuera de Japón hay que comprar un vale en una agencia de viajes, que en Japón se cambia por un boleto válido.

FUENTE: dpa

06 de octubre de 2014

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